Un cuadrado
negro enmarca una sencilla Cruz azul y marrón
en la que se superponen las iniciales de Pastoral
Universitaria (P y U).
La Cruz, que nos recuerda a la que el Papa Juan
Pablo II entregó a los jóvenes
aquel año 1984 para presidir las Jornadas
Mundiales de la Juventud, queremos que sea el
centro de nuestra misión y nuestra vida
de fe en la Universidad.
“Queridos jóvenes, al clausurar
el Año Santo os confío el signo
de este Año Jubilar: ¡La Cruz de
Cristo! Llevadla por el mundo como signo del
amor del Señor Jesús a la humanidad
y anunciad a todos que sólo en Cristo
muerto y resucitado hay salvación y redención”
(Roma, 22 de abril de 1984)
La
Cruz es de color azul, que nos recuerda al
cielo, lo trascendente, lo invisible; y marrón,
que nos recuerda a la tierra, lo débil,
lo humano. En la Cruz de Jesucristo,
Dios y hombre verdadero, hemos sido redimidos,
rescatados,
salvados. Es en la Cruz donde se une
el cielo y la tierra, donde lo humano
acoge a lo divino,
donde el Invisible se manifiesta y se
hace perceptible.
Las
letras P y U (iniciales de Pastoral Universitaria) “se
clavan” en esa Cruz, abrazan esa Cruz de
Salvación, signo por excelencia del amor
de Dios, y “cargan” con ella como
auténtico signo del seguimiento de Cristo.
Estas iniciales a su vez forman una expresión
de alegría mostrando una sonrisa. El joven
vive su fe en la Universidad, cargando con su
propia cruz, pero viviendo la fe desde la confianza
y la alegría.
Todo
ello recogido en un cuadrado perfecto, negro
por fuera
y blanco por dentro. Cada uno de nosotros a
pesar de la oscuridad de nuestra vida, de nuestras
debilidades, de nuestros errores, de nuestras
pobrezas que nos hacen ser “cuadriculados”,
insensibles ante el hermano que camina a nuestro
lado (color negro exterior), tenemos una vida
interior (color blanco interior), sentimos, amamos,
reímos y lloramos, nos entristecemos y
nos alegramos. "Algo" que nos permite
acoger a ese Dios que quiere formar parte de
nuestra vida y que nosotros vivamos en Él. “Cristo
sabe lo que hay dentro del hombre, en el corazón
del hombre. ¡Sólo Él lo sabe!” (Juan
Pablo II).