Creo que aun recordaréis las palabras
del Cardenal Oscar Maradiaga en una de las
catequesis de la JMJ de Madrid. Él
nos decía: “No tenéis
que inventar nada, no tenéis que adornar
nada. Sólo tenéis que dar testimonio
y decir a los demás lo que habéis
visto y lo que habéis oído”.
Compartir con los demás aquello que
hemos visto y que hemos oído. Dar
testimonio de algo que es real, que ha sucedido,
que ha tenido lugar en la historia y que
nos permite constatar la presencia del hecho
en sí. A esto hemos sido enviados:
a hacer partícipes a los demás
de la alegría que ha producido en
nosotros el encuentro con Cristo en su Iglesia. “No
se puede encontrar a Cristo y no darlo a
los demás”.
A la luz de estas y de otras reflexiones
personales os invito, al inicio de este nuevo
curso académico en la Universidad
de Granada, a vivir “Contemplando la
realidad con otra mirada”. Es necesario
el acercamiento y la compresión de
la realidad total en la que vivimos para
poder contemplarla y percibirla con unos
ojos nuevos.
Os he dicho en varias ocasiones que sólo
aquellos que asumen su realidad en primera
persona pueden acompañar a otros;
pueden ser una compañía verdadera
para ellos porque llegan hasta el corazón
de la experiencia humana.
Tenemos entonces un trabajo apasionante en
este curso: llegar al fondo de nuestra propia
realidad; bucear en las profundidades de
nuestra humanidad; es decir: asumir de un
modo radical quién soy, qué busco,
qué deseo. Es verdad que en el intento
de poner en marcha este trabajo, cuando nos
adentramos y nos sumergimos en nosotros mismos,
descubrimos las propias incapacidades para
alcanzar la plenitud de lo que deseamos.
Cuando nos encontramos con nuestra propia
fragilidad la única actitud posible
es la del mendigo: pedir y rogar. No hay
nada que sintamos más correspondiente
cuando la vida nos urge.
Notamos como a veces la gente que nos acompañan
y nosotros mismos podemos sumergirnos en
la desilusión, la dejadez, la tristeza.
Es entonces cuando ante el cansancio de vivir,
comenzamos a entrever que el otro tiene algo
que no sabemos todavía descifrar,
pero en lo que vislumbramos una esperanza
para nosotros.
“Cuando nos hacemos plenamente conscientes
de nuestra debilidad, de nuestra impotencia
frente a nuestros límites y fragilidades,
entonces es más fácil descubrir
que sólo Cristo puede responder a
nuestro deseo de vida abrazándonos
tal como somos. Ante Él no tenemos
que esconder ninguna herida.”
Vivimos nuestra fe dentro de la historia
y no podemos ignorar el contexto en que tenemos
que vivirla, porque es dentro de esta realidad
donde podemos ver qué novedad introduce,
de modo que podamos dar siempre una respuesta
llena de razones, de hechos y de signos.
Contemplar y mirar con unos ojos nuevos la
realidad que nos envuelve, nos da la posibilidad
de hacer experiencia del hecho del acontecimiento
cristiano que irrumpe en la historia en la
persona de Cristo.
Experimentamos una llamada muy fuerte a vivir
la verdadera urgencia de lo cotidiano, de
este momento histórico: volver a desear,
porque “ésta es la virtud civil
necesaria para reactivar una sociedad demasiado
apagada y aplanada”.
Nuestra fe es el instrumento para volver
a desear. La única posibilidad es
el reconocimiento del Misterio presente,
es decir, reconocer aquello que nos ha sucedido
como algo tan real que vuelva a despertarnos
continuamente, pues nosotros somos incapaces
de darnos la energía para volver a
comenzar constantemente.
Vamos haciendo una historia en la que el
hilo conductor es el deseo de felicidad y
plenitud que nos define y la certeza de que
es posible no renunciar a este deseo porque
también a nosotros alguien nos ha
dicho que nuestra vida tiene un valor.
En este “hacer historia” no podemos
caminar solos. Recordad aquellas palabras
del Papa Benedicto XVI en Madrid: “No
se puede seguir a Jesús en solitario.
Quien cede a la tentación de ir «por
su cuenta» o de vivir la fe según
la mentalidad individualista, que predomina
en la sociedad, corre el riesgo de no encontrar
nunca a Jesucristo, o de acabar siguiendo
una imagen falsa de Él.”
No os perdáis la oportunidad de restaurar
la mirada; de suscitar en vosotros el deseo
de contemplación de la realidad que
os permite hacer experiencia del encuentro
personal con el Misterio presente y de recorrer
un camino de conocimiento que os permita
alcanzar una certeza que pueda verdaderamente
construir la vida.
José Antonio Villena García
Delegado Diocesano de Pastoral Universitaria