La
Iglesia existe para que la persona humana
viva, es decir, experimente una alegría,
una existencia positiva. Frente al olvido de
sí,
a la alienación en la que vive la
persona, procupada preferentemente por la
comodidad, el
bienestar y la diversión, la Iglesia
existe por ternura hacia la persona concreta.
Ella hace
posible que la vida de la persona se cumpla,
que el anhelo de bien, justicia, libertad
y felicidad no quede fustrado. Y esto sucede
en la Iglesia
porque en ella vive Aquel que es origen
y meta de todo lo que existe. Aquel que
es
Camino, Verdad
y Vida. La Iglesia, por tanto, existe para
hacer posible el encuentro con Cristo y
que la persona
tenga vida abundante.
Todos los medios, estructuras
e iniciativas de la Iglesia solamente son válidos
si tienden a posibilitar este encuentro con
Cristo. De otro modo, serían contraproducentes,
una carga a evitar. La Delegación de
Pastoral Universitaria no tiene otra razón
de ser que el encuentro con Cristo suceda una
y otra vez entre los universitarios y de este
modo sus corazones encuentren lo que desean.
La existencia de la Pastoral Universitaria
y todo lo que hace tiene este único
objetivo: que los jóvenes universitarios
vivan su vida en plenitud.
Si la Pastoral Universitaria
es la acción
concreta de la iglesia en el medio ambiente
de la universidad, y la acción por excelencia
de la iglesia es la evangelización,
entonces la Pastoral Universitaria tiene como
misión la Evangelización. "Evangelizar
significa llevar la buena nueva a todos los
ambientes y, con su influjo, transformar desde
dentro y renovar a la misma humanidad (...)
es decir, proclamar el mensaje de Cristo con
su fuerza divina, transformar desde dentro
al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva
de los hombres".
(Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, 18)
En
la Universidad, como en tantos ámbitos
de la vida, sufrimos y palpamos el drama
de nuestro tiempo: “separar a Dios
de la vida, de la realidad”. “Todo
lo que es cristiano está lejos de
la vida, no interesa, no aporta nada grande
para la vida”.
Nos
decía el Papa Juan Pablo II, “sin
esperanza, comenzamos a morir”. Queremos
vivir en la esperanza que solo Jesucristo nos
da, y la alegría en nuestra vida será el
signo visible de la experiencia de este encuentro.